martes, noviembre 30, 2004

No creo decir ninguna tontería si digo...

... que es una tontería creer en la justicia universal. A cada paso, cada día, tengo constancia de ello. No existe, no puede existir. Y sin embargo creo en ella.

Tengo la firme creencia de que a cada cerdo siempre le llega su sanmartín, de que a cada santo tarde o temprano le regalan su aureola, de que a cada acción le llega siempre su respuesta.

Mi creencia en la justicia universal se resume de la siguiente manera: tengo la firme certeza de que la vida termina colocando todo en su sitio; pero esa certeza se convierte en creencia al darme cuenta de que cuando llegue ese momento yo puedo no estar allí para verlo, o de que el sitio en el que la vida termina colocando algo no es el que yo pensaba que sería. Es decir que las reglas que articulan esa justicia universal no me son conocidas.
La única que conozco es el axioma de que a una acción le sigue una reacción. Si una acción es beneficiosa le sigue el beneficio, y si es perjudicial le sigue el perjuicio.

Es decir que mi justicia universal no me sirve para nada, porque no la entiendo. Pero no me cuesta actuar como si la entendiese. Es lo bueno de tener un código interior: solamente tienes que preocuparte de actuar conforme a él y a lo que sabes y ves en ese momento.

Creo que una de las lecciones más duras que he tenido que aprender en mi camino es a dejar eso de lado, a flotar en el limbo en la mitad de todo, sin llegar a ninguna parte. Mis opiniones no tienen validez porque intentan tener en cuenta todos los puntos de vista: desgraciadamente cuando se tienen todos los puntos de vista la opinión deja de existir y se tiene la realidad; y esto es así porque sobre la realidad no es necesario opinar: a la realidad no le importan las opiniones. No las necesita para seguir siendo lo que es. Es por eso que mis opiniones no son opiniones, sino intentos de síntesis.

"Una pistola es mala, mata gente"
"Una pistola es buena, puede ayudarte a proteger a tu familia"
"Una pistola es tal porque cual"
"Una pistola es cual porque pascual"

Y al final con lo que te quedas es con "Una pistola es buena o mala, dependiendo de las circunstancias", y un paso después con "Una pistola es". Es decir, te quedas con algo que no sirve para nada decirlo, porque la mayoría de las discusiones que he presenciado surgen, no porque no se tengan en cuenta las opiniones ajenas, sino porque la opinión propia es tomada como regla y las ajenas como excepciones a esa regla. Y eso en el caso en el que no se desechen sin más. Las discusiones no buscan la síntesis, sino el intercambio. Son enriquecedoras precisamente por esto. Pero lo serían más si después del intercambio hubiese una labor de síntesis, de integración de opiniones.

Una opinión es, por defecto, un punto de vista. Y un punto de vista es una perspectiva. Y una perspectiva es una imagen de algo. Y una imagen de algo no es ese algo; no puede serlo. Es solamente una parte. Por lo que se discute es por ver qué parte es la más importante.

Yo, particularmente, he aprendido que no es más importante el frontal de una catedral que su girola, ni las bóvedas más que el suelo. Intento ver las cosas como un todo completo: una catedral. Todas las partes son importantes, sencillamente porque ninguna de las partes es nada sin el resto. Habrá quien dirá, seguramente, que hay partes que son vitales: los cimientos, las paredes, los elementos estructurales, etc, y es correcto. Pero lo que convierte a una catedral en una catedral no son solamente el suelo, las paredes y el techo: es todo. Las paredes, los cimientos, etc etc, son comunes a cualquier edificación que queramos hacer. Son las vidrieras, los arcos, las tallas, el rosetón, y el resto de elementos los que, en conjunción con esos elementos vitales, convierten esa edificación en una catedral.

Y cuando haya visitantes habrá quien prefiera las altas bóvedas de crucería, habrá quien se fije en los arbotantes, habrá quien se quede embelesado con los frescos de las cúpulas, habrá quien prefiera pasear entre las columnas y ver cómo se pierden en lo alto, habrá quien disfrute viendo la catedral en la distancia y ver cómo se refleja en sol en la cúpula central...

Una opinión no es ni válida ni desechable: tiene la misma importancia que cualquier otra, independientemente del valor que le den las circunstancias. Y esta importancia es ni más ni menos que cero. El valor que se le otorga ya depende de nosotros y, repito, de las circunstancias.

Si sacamos a la palestra a un cirujano y a un mecánico vestidos con sus uniformes de trabajo, tendremos más en cuenta las opiniones de aquel que las de éste si se habla del modus operandi de colocar un bypass, mientras que si se habla de la sustitución del turbocompresor en un motor diesel se hará más caso del mecánico que del cirujano. Y las afirmaciones de ambos nacen del fruto de su experiencia en ambos casos.
Ahora bien, si el cirujano y el mecánico entran con los trajes cambiados, entonces pasará lo mismo y nadie notará que el "cirujano" nunca ha sostenido un bisturí ni que el "mecánico" únicamente ha cogido una llave inglesa para montar una cómoda del Ikea. Solamente sucederá que si hay algún estudiante de medicina entre los espectadores que esté tomando notas de lo que dice el "cirujano", lo mismo dentro de algunos años se carga a un paciente; o que si algún padre de familia toma cumplida nota de las instrucciones del "mecánico" para cambiar el turbocompresor, es posible que si intenta llevarlas a cabo tenga que cambiar el motor del coche.

Una opinión es como un culo, como reza nuestro rico acervo popular: todo el mundo tiene uno. Sobre algo y por algo.

Yo doy preponderancia a la opinión de mis amigos, mi gente querida, sobre el resto del universo porque decido hacerlo así. Pero soy consciente de que si no conociera a los que ahora mismo forman mi círculo, y que si tuviera otros amigos, la opinión a la que daría preponderancia sería a la de ellos, y a la de aquellos les daría la misma que doy ahora a los que caen fuera de mi círculo: ninguna.

Sí, hay opiniones que tienen más valor que otras: pero ese valor es completamente circunstancial.

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